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Opinión

Las novedades de Dios

P. Noel Lozano
Por P. Noel Lozano - 09 enero, 2022 - 11:56 a.m.
Las novedades de Dios

Las novedades de Dios

Nos damos cuenta fácilmente que en la vida las mejores novedades vienen de Dios, y tiene como característica que son invisibles y son a la vez eficaces. La acción de Dios en nuestra vida, en la historia de la salvación, es una novedad que no dejará nunca de sorprendernos. Vemos como es nuevo el lenguaje de Dios en Isaías: “ha terminado la esclavitud..., que todo valle sea elevado y todo monte y cerro rebajado..., ahí viene el Señor Yahvéh, con poder y su brazo lo sojuzga todo”. Vemos como es absolutamente nuevo que Jesús sea bautizado por Juan, que el cielo se abra, que el Espíritu descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo: “Tú eres mi hijo predilecto”. También es nueva la realidad del hombre que ha recibido el bautismo: “un baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesús nuestro Señor”.

En primer lugar vemos como la novedad viene de Dios. El hombre, desde los mismos inicios, lleva en sí el deterioro y la vieja carne del pecado. En ella está inmerso, como en un pozo profundo, del que es imposible salir por sí mismo. Como se trata de una realidad común a toda la humanidad, tampoco nadie, por su propio valer y querer, puede ayudar a otros a salir. Esta es la triste condición humana. El hombre puede gritar, desesperarse, blasfemar; o puede sentir el peso de la culpa, pedir perdón y ayuda, esperar. Lo que está claro es que sólo Dios puede echarle una mano; sólo Dios puede cambiar su vieja carne en pura novedad de gracia y misericordia. Está igualmente claro que Dios quiere echar una mano y actuar en favor del hombre, porque “ha sido creado a imagen y semejanza suya”. En la Sagrada Escritura, este fin de semana, vemos tres momentos históricos de la intervención de Dios: primero interviene para liberar al pueblo israelita de la esclavitud de Babilonia, en el texto de Isaías. San Lucas en el Evangelio expone como se revela al mundo la filiación divina de Jesús. San Pablo en su carta a Tito expone como se va manifestando a los hombres la nueva situación creada en quienes han recibido el bautismo. La consecuencia es lógica: Si Dios ha intervenido en el pasado con una irrupción de vida y esperanza nuevas, Dios interviene en el presente e intervendrá en el futuro, porque el nombre más propio de Dios es la fidelidad.

En segundo lugar vemos como las novedades de Dios son invisibles. La novedad que Dios infunde en el corazón de los hombres incide y repercute en la historia, pero en sí es invisible, interior, netamente espiritual. Primero hace nuevo el corazón, luego desde el corazón del hombre y con la ayuda del hombre, trasmuta también la realidad histórica. En los exiliados de Babilonia primero creó la añoranza de Sión, el deseo y la decisión del retorno, luego dispuso los hilos de la historia para que tal deseo y decisión llegase a cumplimiento. En el caso de Jesús, la teofanía, la manifestación de Dios en el bautismo nos hace descubrir una novedad inicial, que se irá desplegando a lo largo de toda su vida pública y sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. La novedad del bautizado sólo se irá percibiendo con el tiempo, en la medida en que exista una coherencia vital entre la novedad infundida por Dios y la existencia concreta y diaria del cristiano. Para quienes juzgamos desde fuera, no pocas veces resulta difícil desvelar la relación entre la novedad interior y sus manifestaciones históricas en la vida ordinaria de cada ser humano. 

En tercer lugar, la novedad de Dios es eficaz. Si viene de Dios, no puede ser de otro modo. La acción de Dios se lleva a cabo, si el hombre no la obstaculiza. La teofanía que nos narra el evangelio supuso el que Jesús, Hijo de Dios, fuese bautizado por un hombre, Juan; sin esta acción de Jesús, tal teofanía no hubiese tenido lugar. La regeneración y renovación interior del hombre están aseguradas, “si el hombre renuncia a la impiedad y a las pasiones mundanas”, nos expone San Pablo, que como tales impiden cualquier acción del Espíritu de Dios. Por otra parte, hemos de admitir que la eficacia de Dios no es manipulable a nuestro antojo y arbitrio. Dios muestra su eficacia cuando quiere y como quiere. No son los exiliados en Babilonia los que ponen a Dios los plazos y modos de actuar para librarlos de la esclavitud; es Dios quien los determina y los realiza.

Y todos los bautizados participamos de esta novedad regeneradora, transformante, que recibimos en el bautismo. En el catecismo se dice que el bautismo imprime carácter, es decir, el bautismo se recibe una sola vez y para toda la vida.  ¿Qué pasa, entonces, cuando no se vive como cristiano? ¿cuándo se reniega de la propia fe? ¿cuándo se cambia de religión y credo? La huella de la impresión bautismal queda. Una huella que es memoria, novedad, y es invitación: “Recuerda que eres un bautizado”, “Sé lo que eres, vive lo que eres”. Eres libre, pero la huella divina te indica el verdadero camino para tu libertad, lejos de los espejismos engañosos de la vida actual. ¿Y qué pasa con el bautizado que quiere vivir como bautizado? Tiene que ratificar cada día con la vida la huella divina, que lleva impresa, esta novedad de la gracia que estamos llamados a trasmitir y contagiar. Tiene que testimoniar decididamente y con valentía la transformación que Dios ha operado en su ser por el bautismo. Dios nunca ha dejado, deja y dejará de sorprendernos con sus novedades, sus propuestas y su constante intervención en nuestra historia personal, con tal de que lleguemos al cielo.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.

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