La historia de Roberto Flores no solo terminó en tragedia, sino que dejó al descubierto una vida sostenida entre la indiferencia y la dignidad silenciosa. A sus 56 años, el hombre fue encontrado sin vida al interior de su domicilio en la colonia Praderas del Norte, donde vivía prácticamente solo, rodeado de carencias y recuerdos.
El hallazgo ocurrió la tarde del pasado lunes, alrededor de las 13:00 horas, en la vivienda marcada con el número 919 de la calle Progreso. Fueron vecinos quienes, alarmados por los fuertes olores fétidos que emanaban del lugar, dieron aviso a las autoridades. Elementos de la Policía Municipal y Protección Civil acudieron al sitio, confirmando que Roberto ya no contaba con signos vitales.
Desde el viernes anterior no se le había visto. Su ausencia comenzó a inquietar a quienes, a la distancia, sabían de su fragilidad. Roberto vivía con secuelas de una embolia que le afectó una de sus piernas, lo que lo obligaba a desplazarse con ayuda de una andadera. Además, padecía diabetes, condición que agravaba su estado de salud.
Pero su historia no solo estuvo marcada por la enfermedad. De acuerdo con testimonios de vecinos, también vivía en el abandono familiar. Su esposa, identificada como María, y sus propios hijos se alejaron de él, dejándolo a su suerte durante largos periodos. Incluso, relataron que solo se acercaban cuando Roberto recibía su pensión, la cual presuntamente le era retirada para después volver a dejarlo solo.
Antes de habitar el domicilio donde fue encontrado sin vida, Roberto sobrevivió en condiciones precarias en unas tapias sobre la calle Presidente Carranza, hasta que una tía decidió brindarle apoyo y llevarlo a vivir bajo un techo más digno. Sin embargo, la soledad nunca lo abandonó.
La historia de Roberto Flores resalta el abandono familiar y la soledad que enfrentó en sus últimos años.
En medio de ese panorama, hubo una excepción: la solidaridad de un vecino. Arturo Castillo, quien vive a dos casas de distancia, se convirtió en su único apoyo constante. Durante un año entero, todos los días le llevó comida, procurando aliviar, al menos en parte, el abandono que enfrentaba.
"Era una persona muy tranquila. Yo le decía que buscara a su familia, que no estuviera solo, pero no quería", recordó con tristeza. Apenas la semana pasada, Roberto le pidió acompañarlo a comprar comida para compartirla juntos. Arturo se negó, preocupado por el esfuerzo que implicaría para él debido a su condición. El viernes fue la última vez que lo vio.
Vecinos de Praderas del Norte alertaron a las autoridades tras percibir olores fétidos en la vivienda de Roberto.
Hoy, su historia resuena entre quienes lo conocieron de lejos y de cerca, como un reflejo doloroso de la soledad que enfrentan muchos adultos en condiciones vulnerables. Roberto Flores murió en silencio, pero su vida deja una pregunta que incomoda: ¿cuántos más viven así, esperando no ser olvidados?