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Opinión

DESDE MI TECLADO

Las cosas con sus nombres.

Oscar Rodriguez
Por Oscar Rodriguez - 15 enero, 2023 - 09:36 a.m.
DESDE MI TECLADO

Amables lectores, tengan ustedes un buen día.

Hace mucho tiempo me encontré con una obra de Gabriel García Márquez cuyo título me llamó la atención desde el primer momento: “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada”. Es una narración que se desprende de un personaje poco importante de “Cien años de soledad” y ya de entrada y sin usar verbo alguno, ubica hasta cierto punto al lector respecto a por lo menos un par de personajes y qué tipo de argumento puede esperar. Más tarde me enteré de que una de las primeras publicaciones de Gabo se llamó (agarre aire) “Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”. Ya con un nombre así (ahora sí con varios verbos) se necesitaría ser bastante despistado como para preguntarse “¿y de qué se tratará la historia?” y además pensé: “¡Qué bueno que Homero tituló a sus obras ‘La Ilíada’ y ‘La Odisea’, sin entrar en tantos detalles!”

Los nombres de las novelas de García Márquez antes mencionadas contrastan notablemente con los de otras historias que fueron éxitos de venta en las librerías de los años 70’s como “El padrino”, “Tiburón” y por lo menos tres de las primeras historias de Stephen King en ser llevadas a la pantalla: “Carrie”, “Christine” y “Cujo” las cuales me hacían preguntarme “¿Será que todas las historias de King van a tener un título de una sola palabra y van a comenzar con la letra ‘C’?”

Y es que así como las personas tenemos un nombre, los objetos y animales que queramos diferenciar deben tener un identificador. No fueron tres barcos cualesquiera los que transportaron a Colón y grupo que le acompañaba en su primera exploración al Continente Americano, fueron “La Niña”, “La Pinta” y “La Santa María”. El caballo de Alejandro Magno no era cualquier ejemplar, era uno llamado “Bucéfalo”. “Incitatus” era el nombre del caballo preferido (y que fue nombrado senador o cónsul de acuerdo a diversas versiones) del emperador Cayo César, mejor conocido como Calígula. 

En la novela de King mencionada líneas arriba, “Christine” es el nombre de un automóvil que tiene una especie de posesión por parte de una presencia maligna. Total, si en la antigüedad las personas le ponían nombre a sus cabalgaduras ¿por qué no vamos a bautizar a nuestras contemporáneas naves urbanas? Y si eso pareciera demasiado extremoso, valdría la pena recordar que en la época del Cid Campeador hasta sus espadas preferidas tenían nombres: la “Tizona” y la “Colada” (aunque la veracidad de la existencia de tales armas está en duda).

Y ¿qué pasa cuando alguien inventa algo? Pues sencillamente tiene que bautizar su novedad. Ya me imagino a Nicola Tesla saliendo de su laboratorio con alguna novedad y pasándola a su empleador mientras piensan en cómo le van a llamar. Una especie de “Doctor Chunga”, el personaje del comediante de televisión Andrés Bustamante: “aparato dimensionador de partículas contaminantes para purificar el aire entrante del doctor Chunga… y Yu Lee…”

Con un poco de suerte, los inventos tendrán un nombre de acuerdo a su función (telégrafo, helicóptero, telescopio) y derivado de algunas raíces griegas o latinas, e incluso combinando ambos idiomas como el caso de la “televisión” (mitad griego, mitad latín), aunque más recientemente se impone el inglés: “I-pad”, “I-phone”, “I-pod”, “Twitter”, “Facebook”, “YouTube”, “WhatsApp”…

Aunque también ha sucedido que algunos artefactos y/o actividades han adoptado el nombre de sus creadores. Por ejemplo: la guillotina que fue diseñada para decapitar de una manera rápida a los condenados a muerte a fin de hacerles menor su sufrimiento debe su nombre al doctor Joseph Ignace Guillotin.

Las siluetas, es decir los esquemas y los interiores de una escena sin rasgos distintivos generalmente de color negro se llaman así por el apellido del señor Étienne de Silhouette quien fungió como Ministro de Hacienda de Luis XV de Francia en el siglo XVIII.

Por esa misma época, pero en el territorio de Virginia en lo que actualmente son los Estados Unidos, el juez Charles Lynch ejecutó a una banda de conservadores sin permitirles un juicio legal. Como resultado de esto, la llamada “Ley de Lynch” dio origen a las palabras “linchar” y “linchamiento”.

Hay otros artefactos que tienen un nombre que simplemente describe su función de tal manera que el usuario no tenga dudas de su aplicación: “Máquina de coser”, “Máquina de escribir”, pisapapeles, cortaúñas, abrelatas, tragamonedas, portafolios.

Y con las tecnologías más recientes nos han llegado las novedades que al igual que las terminologías deportivas han sido tan repentinas que aún no tenemos traducción para todas ellas: el uso en nuestra habla cotidiana de palabras que son en realidad siglas en idioma inglés tales como CD, DVD, USB me hacen recordar que en beisbol aunque las carreras, los errores y las bolas malas sí se dicen en español, los “hits” y los “strikes” se siguen diciendo en inglés. Igual en el futbol, donde las anotaciones siguen siendo “goles”.

Y por cierto, respecto al artilugio llamado “Home Theater” cuya traducción al castellano es “Teatro en casa” me acordé de un comentario que escuché alguna vez: “Teatro en casa es el que me arma mi mujer cuando llego tarde…” Ni hablar.

Me quedan algunas otras cosas que quisiera comentarles, pero eso será la próxima vez.

Que tengan ustedes una excelente semana.

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